
Volver a los mismos lugares, para reencontrarme con esa que soy, con esa que fui, con esa que aún sigo buscando. Meterme sin miedo en mi propia historia que me atraviesa y que no dejará de hacerlo mientras permanezca viva. Porque todo aquello que sucedió, ya sucedió, en algún momento, en algún lugar, en algún tiempo… cercano… lejano, depende del punto desde el que lo mire, pero no se borrará jamás, porque esos caminos ya han sido recorridos, y las huellas quedarán marcadas en mí por siempre, como también en esos lugares, en esas personas. Y esos rostros que ya conocí no se desvanecerán jamás y esas personas que se cruzaron en mi ruta ya son parte de mi historia aunque no vuelva a verlas más.
Qué difícil es poder volver allí de otra manera, con otra mirada, sin ser la misma que era pero siéndolo de alguna manera. Que tranquilidad fue encontrarme con aquellos que me conocen, mis amigos, mi familia. Estaba perdida y me volví a encontrar. Que bueno es reconocerse en el encuentro con el otro. Que lindo es poder decir: ¡Esa soy yo!, con lo bueno y con lo malo, con mis mañas, mis caprichos, mis mambos, que satisfacción sentir que me conocen y me quieren así. Encontrarme con la gente que hacía mucho que no veía, me hizo sentir cómoda, saber que estaba con aquellos que me conocían y a pesar de que muchas cosas se había modificado en mí, mi esencia se conservaba y eso bastó para que sea la de siempre, la que era, pero distinta. Es increíble descubrir que aunque el tiempo pase y la vida nos modifique, y los problemas nos erosionen, nuestra esencia perdura, eso que somos y que a veces olvidamos, nuestra identidad.
Alejarme de ese lugar que parecía seguro, es un viaje arriesgado pero lleno de posibilidades, es abrir nuevos caminos, conocer otras rutas, es animarse a lo diferente, a lo desconocido. Pero cuando uno regresa de ese viaje ya no el mismo, algo ya se modificó en nosotros
. Por más que volvamos a encontrarnos con las mismas personas, con los mismos lugares, que siguen estando ahí, nosotros ya nos desterritorializamos, ya partimos a algún lugar muy lejano y al regresar nos sentimos diferentes, nos posicionamos de otra forma ante eso que parecía inmodificable, inamovible. Porque ya arriesgamos la seguridad que nos ataba a todo lo seguro y en el momento en que decidimos hacerlo y sumergirnos a un viaje sin retorno, ya algo pareció haberse desprendido, y ese desprendimiento en un primer momento es doloroso, esa sensación de que algo desaparece y no se sabe si va a volver a aparecer, como si algo adentro nuestro muriera.Pero después, con el tiempo uno puede ver que es necesario saber desaprenderse de las personas, de los lugares que nos atan, de las estructuras, porque aunque sea doloroso debemos aprender a vivir prescindiendo de lo imprescindible.
Y a veces nos sentimos perdidos, desorientados porque en estos viajes uno no sabe hacia donde se dirige ni cuando va a llegar a un cierto destino si es que lo logra, y esa incertidumbre es angustiante, nunca llega a satisfacernos y a completarnos del todo porque no hay un punto de llegada; y si es que sentimos que arribamos a un lugar más firme, al tiempo nos damos cuenta que era sólo un descanso para volver a partir, para emprender hacia un nuevo trayecto.
Pero al mismo tiempo es una búsqueda sin fin, es la búsqueda de nuestra identidad, de nosotros mismos, esa identidad que se construye a medida que vamos haciendo nuestro propio recorrido, inventando mapas, marcando nuestras propias rutas, ese viaje que no se sabe bien cuando comenzó y tampoco si tiene fin. Son esos encuentros con seres extraños, con los mismos de siempre que también al igual que nosotros van cambiando. Son esas posibilidades infinitas de encuentros con otros seres que quizás nunca se cruzaran por nuestro camino pero esas posibilidades existen.

¿Quienes somos? ¿Quien define eso que nos constituye como seres únicos e irrepetibles? ¿Nosotros mismos?, ¿la mirada de los demás?, ¿el encuentro con los demás? ¿O esa historia que nos atraviesa de una vez y para siempre?, esa que puede cambiar el rumbo de nuestras vidas de un día para el otro, a partir de nuestras decisiones, y gracias a nuestra libertad, aquella que nos permite elegir sobre nuestra propia vida, dentro de las posibilidades que el mundo nos ofrece, ese que nos toca vivir cada día, pero siempre respetando los derechos de los demás. Esa libertad que yo me pregunto, ¿será realmente un regalo o estamos condenados a ella para siempre?
¿Qué buscamos?, ¿hacia donde vamos? Quizás nunca lo sabremos, pero eso no nos debe llenar de frustración ni de angustia, sino de motivación para seguir buscando, sin saber cuál es la meta, pero sin detenernos, sin dejar de caminar hacia ella. De esa forma cada día tiene más sentido, vivir el presente nos constituye hoy como sujetos, sin olvidarnos de lo que fuimos y sin dejar de soñar con aquello que queremos ser.
No hay comentarios:
Publicar un comentario